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El T.S de EE. UU. reafirma el sexo biológico en el deporte

El T.S de EE. UU. reafirma el sexo biológico en el deporte

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El Tribunal Supremo de EE. UU. reafirma el sexo biológico como criterio jurídico en el deporte femenino

La sentencia del 30 de junio de 2026 (se puede descargar más abajo) del Tribunal Supremo de los Estados Unidos resuelve si el Título IX y la Cláusula de Igual Protección de la Decimocuarta Enmienda obligan a los Estados a permitir que varones biológicos que se identifican como mujeres participen en competiciones deportivas femeninas. El litigio surge a raíz de las leyes de West Virginia e Idaho, que reservan el deporte femenino a las mujeres biológicas. Los demandantes sostenían que esa exclusión constituía una discriminación por identidad de género, especialmente en aquellos casos en que los deportistas habían seguido tratamientos hormonales o bloqueadores de la pubertad. En definitiva, el Tribunal debía decidir si el Derecho federal y la Constitución reconocen un derecho a competir en la categoría deportiva correspondiente a la identidad de género en lugar del sexo biológico.

Por seis votos contra tres, el Tribunal Supremo responde negativamente. La sentencia declara que ni el Título IX ni la Constitución impiden a los Estados organizar el deporte femenino sobre la base del sexo biológico. El Tribunal sostiene que el término «sexo» empleado por el Congreso en 1972 se refiere al sexo biológico y que la finalidad del Título IX fue precisamente garantizar la igualdad de oportunidades deportivas para las mujeres mediante categorías separadas. Asimismo, considera que proteger la seguridad de las deportistas y la equidad en la competición constituye un objetivo público suficientemente importante para justificar esta diferenciación. Por ello, los Estados no están obligados a realizar evaluaciones individualizadas sobre las capacidades físicas de cada deportista trans, sino que pueden establecer reglas generales basadas en el sexo biológico.

La importancia de esta resolución trasciende el ámbito deportivo, porque supone un importante desafío a la doctrina jurídica basada en la identidad de género. Frente a la idea de que la identidad autopercibida debe prevalecer sobre el sexo biológico en la determinación de los derechos jurídicos, el Tribunal reafirma que el sexo constituye una realidad biológica objetiva sobre la que el legislador puede construir categorías jurídicas cuando exista una justificación razonable. Además, limita la expansión de la doctrina iniciada por Bostock v. Clayton County y consolida la orientación marcada por United States v. Skrmetti: la identidad de género no constituye, por sí sola, un criterio constitucional que obligue a desplazar el sexo biológico como categoría jurídica ni a someter estas leyes a un control judicial especialmente intenso.

Voto concurrente del Magistrado Clarence Thomas:
"El Tribunal acierta al concluir que ni el Título IX ni la Cláusula de Igual Protección impiden a los Estados organizar las competiciones deportivas por sexos. Un hombre no adquiere el derecho a competir en la categoría femenina simplemente porque se considere una mujer. Me adhiero íntegramente a la opinión del Tribunal, pero deseo añadir dos observaciones.
En primer lugar, la condición de persona transgénero no constituye una categoría sospechosa que exija un escrutinio reforzado desde la perspectiva del principio de igualdad. United States v. Skrmetti, 605 U. S. 495, 547–557 (2025) (opinión concurrente de la jueza Barrett). Más que hablar de un colectivo de personas transgénero, sería más preciso referirse a personas que padecen «disforia de género», ya que no forman un «grupo claramente identificable». Id., pp. 550–551 (se omiten las comillas internas); véase también id., pp. 566–567 (opinión concurrente del juez Alito). La disforia de género es un estado psicológico susceptible de tratamiento psiquiátrico y, por tanto, no puede equipararse a aquellas características inmutables —como la raza, el sexo o el origen nacional— que nuestra jurisprudencia ha considerado merecedoras de una protección reforzada. Se asemeja, más bien, a otras circunstancias personales respecto de las cuales el legislador puede establecer diferencias de trato siempre que exista una justificación racional. Véanse, por ejemplo, Heller v. Doe, 509 U. S. 312, 321 (1993), en relación con la enfermedad mental, y Plyler v. Doe, 457 U. S. 202, 220 (1982), respecto del estatus migratorio. Existen, en consecuencia, razones objetivas y plenamente racionales que permiten al legislador excluir de los equipos deportivos y de los espacios privados reservados a las mujeres a hombres que se consideran mujeres.

En segundo lugar, como reconoce el propio Tribunal, este asunto se refiere a «hombres biológicos» y a «niños que se identifican como niñas» (ante, pp. 10 y 27). Los hombres y los niños que padecen disforia de género no son mujeres ni niñas, aunque estén convencidos de serlo. El sexo es una realidad biológica e inmutable (ante, p. 10); además, es binario. Los términos «hombre» y «mujer», así como «niño» y «niña», designan, respectivamente, a los adultos y a los menores de cada uno de los dos sexos. Véase A. Byrne, Are Women Adult Human Females?, 177 Philosophical Studies 3783, 3786–3787 (2020). Utilizar el lenguaje para ocultar la realidad —para mostrar, en palabras de Pieper, una «indiferencia hacia la verdad»— equivale a engañar a la sociedad y a dejar de tratar a nuestros conciudadanos como verdaderos iguales. Véase J. Pieper, Abuse of Language—Abuse of Power, pp. 17 y 21 (1992).

Justice Clarence Thomas


English:

The case concerns whether Title IX and the Equal Protection Clause of the Fourteenth Amendment require States to allow biological males who identify as female to compete in women's sports. The litigation arose after the States of West Virginia and Idaho enacted laws reserving female sports for biological women. The plaintiffs argued that these laws unlawfully discriminated against transgender athletes, particularly those who had undergone puberty suppression or hormone treatment. The central question before the Court was whether federal law and the Constitution confer a right to compete according to one's gender identity rather than one's biological sex.

By a vote of six to three, the Supreme Court answered that question in the negative. It held that neither Title IX nor the Constitution prevents States from maintaining women's sports on the basis of biological sex. According to the Court, the term "sex" in Title IX, as enacted in 1972, refers to biological sex, and the statute was designed to secure equal athletic opportunities for women through sex-separated competition. The Court further concluded that protecting the safety of female athletes and preserving competitive fairness are important governmental interests that justify this distinction. Consequently, States are not constitutionally required to assess the physical characteristics of each transgender athlete on an individual basis but may instead adopt general rules based on biological sex.

The significance of the decision extends well beyond athletics, as it represents a major challenge to the legal doctrine that prioritizes gender identity over biological sex. Rejecting the view that self-declared gender identity must prevail whenever legal rights are determined, the Court reaffirmed that biological sex is an objective characteristic on which legislatures may legitimately base legal classifications when supported by sufficient justification. In doing so, it limits the expansion of the reasoning adopted in Bostock v. Clayton County and consolidates the approach taken in United States v. Skrmetti: gender identity, by itself, does not constitute a constitutional category that overrides biological sex or requires courts to subject such legislation to heightened judicial scrutiny.

JUSTICE THOMAS, concurring.
 The Court correctly holds that neither Title IX nor the Equal Protection Clause prohibits States from offering sex-separated athletics. A man does not have a legal right to compete against women just because he believes that he is a woman. I join the Court’s opinion in full. I write separately to make two points.
First, transgender status is not a suspect class requiring heightened equal-protection scrutiny. United States v. Skrmetti, 605 U. S. 495, 547–557 (2025) (BARRETT, J., concurring). The class of people who claim transgender status could more accurately be described as people who are experiencing “gender dysphoria,” which is not a “discrete group.” Id., at 550–551 (internal quotation marks omitted); see also id., at 566–567 (ALITO, J., concurring and concurring in judgment). Because “gender dysphoria” is a mutable mental state that is the object of psychiatric treatment, it does not resemble the immutable characteristics on the basis of which our precedents have applied heightened scrutiny—race, sex, or national origin. Instead, gender dysphoria resembles other characteristics on the basis of which legislatures may classify with a merely rational basis. See, e.g., Heller v. Doe, 509 U. S. 312, 321 (1993) (mental illness); Plyler v. Doe, 457 U. S. 202, 220 (1982) (immigration status). Legislatures have many obvious rational bases to keep men who believe that they are women out of teams and private spaces reserved for women.
Second, as the Court recognizes, this case concerns “biological men” and “boys who identify as girls.” Ante, at 10, 27. Men and boys with gender dysphoria are not women or girls, even if they believe that they are. Sex is an immutable “biological” characteristic, see ante, at 10; it is binary; and “man” and “woman,” “boy” and “girl,” are the terms that correspond to adults and children of each sex. See A. Byrne, Are Women Adult Human Females?, 177 Philosophical Studies 3783, 3786–3787 (2020). To use language to obscure reality—to show “indifference regarding the truth”—is to lie to the public and cease to treat our fellow citizens “as equal[s].” J. Pieper, Abuse of Language—Abuse of Power 17, 21 (1992).

Justice Thomas

   
 


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