Publicado en el Diario El Mundo (6 mayo 2026), (España)
Escrito por Rodrigo Tarrasa
"En la calle nunca tuvimos tiempo para pararnos a reflexionar, aquí pensar nos hace más libres"
Para entrar hay que cruzar siete puertas. Una detrás de otra. Ninguna de las siete se abre hasta que se cierra la anterior. Y al fondo, el patio. Es un patio como el de un colegio cualquiera, con sus porterías de fútbol, sus canastas, sus chavales jugando al ajedrez, los del futbolín y los del parchís, uno sentado en una silla tomando el sol a la bartola, el que hace flexiones y los dos que pasean en círculo como si fueran tigres enjaulados. Que un poco lo son. Porque ya avisamos de que éste no es exactamente el patio de un colegio...
De la reja de una de las ventanas cuelga un bañador rojo como si fuera una bandera pirata. Y junto a la entrada, al lado de la última de las siete puertas, hay un tipo con una telaraña enorme tatuada en el cuello apoyado en un panel de corcho con varios anuncios.
El domingo por la tarde se recoge ropa para la lavandería. El ganador del concurso de relatos con motivo del Día del libro se llevará 50 euros. Aquí se puede apuntar uno al curso de procedimientos básicos de jardinería. El sábado hay concierto de flamenco en el salón de actos. El día 17 hay elecciones en Andalucía. Queda terminantemente prohibido escupir en el suelo del patio.
Ah. Y a las 11 comienza el taller de Filosofía. Hoy hablaremos de la soledad.
Bienvenidos al Centro Penitenciario Ocaña I, en Toledo, una de las prisiones más antiguas de España. Durante la dictadura, aquí llegaron a malvivir más de 15.000 presos. Hoy hay 465 internos. Todos son hombres; cerca del 60%, españoles. Justo 26 se sientan ahora en el recinto donde habrá concierto de flamenco el sábado. Cuentan que aquí mismo actuaron Los Chichos en el 85 a petición de El Vaquilla. Hoy, sin embargo, en el viejo salón de actos de Ocaña van a hablar de Kant y de Sartre. De introspección y de reconstrucción de la identidad. De amor, de miedo y de dolor.
De repente, el tipo del tatuaje en el cuello cita a Séneca como si fuera un colega de pandilla: "Él nos dice que todo puede ir siempre a peor y que tenemos que aprender a salir adelante". Y hablan de las cárceles interiores que soporta cada uno. De justicia y de perdón. De Aristóteles también. De la dichosa soledad. Aquí sobran maestros en la materia.
"Si me hubieran dicho hace unos años que estaría sentado en esta silla hablando de filosofía directamente me echaría a reír", confiesa Marwan. Viste un chándal y no aparenta mucho más de 20 años, pero no podemos contar mucho más de él ni de su historia. "No es que en la calle no me parara a reflexionar sobre estas cosas, es que nunca tuve tiempo ni siquiera para pararme a pensar. Fuera vivía tan deprisa que todo era una huida hacia delante para evadirme de cualquier problema".
-¿De todos los temas que se han tratado aquí, Marwan, cuál es el que más te ha hecho pensar?
-El perdón. Al final estamos en un sitio en el que tienes que aprender a perdonar. Sobre todo, a perdonarte a ti mismo.
El de hoy es el quinto taller de Filosofía que se imparte este año en Ocaña I, una iniciativa que arrancó hace casi una década por iniciativa de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) de Madrid para ayudar a los reclusos a "repensarse a sí mismos". Durante los últimos años se han celebrado también en los centros penitenciarios de Estremera o de Valdemoro e incluso en módulos para internos con discapacidad intelectual.
"Esto no es Filosofía académica ni Filosofía de salón, es una experiencia muy real en la que vamos con todo", explica Marta Albert, catedrática de Filosofía del Derecho en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid e impulsora de la iniciativa. "No me gustaría romantizar su situación, porque es muy dura, pero aquí no hay wifi ni teléfonos móviles, así que los internos tienen un espacio y un tiempo para la reflexión que a menudo no existe en la calle. La Filosofía les aporta herramientas de autoconocimiento, de resiliencia, herramientas para la toma de decisiones, para gestionar sus emociones y sus impulsos, para poner nombre a muchas cosas que pasan por sus cabezas y sus corazones. Les ayuda a repensar su vida, a plantearse quiénes quieren ser, a prepararse en definitiva para la reinserción social, que es lo que a nosotros nos importa. La Filosofía, al final, les proporciona una vía de escape".
Sobre el escenario donde un día cantaron Los Chichos aquello de Libre, libre, quiero ser. / Quiero ser, quiero ser libre, están hoy Alfonso Vicente, profesor de Derecho Internacional; Delia Manzanero, catedrática de Filosofía y otra de las promotoras del curso, y dos estudiantes de la URJC, Victoria y Andrés. Los cuatro charlan durante más de una hora con los reclusos. Luego reparten unas máscaras blancas en las que cada preso escribe la emoción que les provoca la soledad. Hablan de la "rabia" y del "rechazo".
Teorizan también sobre el existencialismo. "La soledad nos invita a entender que todos tenemos un mañana y que somos dueños de nuestro destino", dice uno de ellos en plan Mandela. Y discuten después sobre la diferencia entre soledad y solitud, del aislamiento como bálsamo, de la distancia como oportunidad.
"El penal está lleno de gente que nunca ha recibido ni siquiera una primera oportunidad y la Filosofía les da un plan de fuga, una fuga mental" Delia Manzanero, catedrática de Filosofía
"La prisión es un frenazo que nos pone la vida para replantearnos nuestra escala de valores", asegura tras la clase de hoy Dayna, otro de los reclusos. "Es obvio que el nivel de aceleración que se vive en libertad no nos permitió pararnos a pensar antes de tomar ciertas decisiones. Aquí podemos revisarnos para no volver a cometer los mismos errores".
-¿Cuántas preguntas se ha hecho usted dentro de la cárcel que jamás se hizo fuera?
-Muchísimas. Muchísimas preguntas... Yo me lo replanteo todo porque jamás pensé que podría resistir tanto tiempo solo.
-¿Cuánto lleva preso?
-Tres años llevo.
-¿Y cuánto le queda?
-Un poquillo, aún me queda un poquillo.
Dayna y José visten el mismo pantalón azul del uniforme de trabajo. Los dos están empleados en la fábrica de la prisión donde se ensamblan las maquinarias de aire acondicionado que utilizan los trenes de alta velocidad en Europa e incluso los del metro de Nueva York. Aquí la mayor parte de los internos tienen un trabajo y un sueldo. Arman piezas en los talleres, fabrican los kits de aseo del resto de presos, hornean el pan de la cárcel... A veces incluso el pan de las cárceles más próximas. Y cuando tienen un descanso, reflexionan sobre Kierkegaard sin tener la menor idea de quién narices era ese tal Kierkegaard.
"Siempre que tenemos un hueco en el trabajo venimos a las clases de Filosofía porque cada charla te deja siempre una enseñanza", admite José. "En la vida en libertad faltan espacios de autocrítica y autoevaluación y quizás por eso acabamos nosotros aquí dentro, entre cuatro paredes. Los muros nos recuerdan cada día que estamos presos, pero intentamos que aquí no mueran nuestras emociones, sino aprender a gestionarlas".
"Lo primero que buscamos es aportarles esperanza", relata Delia Manzanero. "A los internos hay que recordarles que hay vida más allá de la alambrada, que hay un mundo detrás de esa torre de vigilancia y que tienen que estar preparados para cuando se abran las puertas, porque muchos de ellos tienen más miedo a salir que a seguir dentro. La Filosofía les ayuda a azuzar sus conciencias, a replantearse su identidad y a salir de sus cárceles interiores, que a menudo son más duras que el chabolo".
El chabolo es como llaman aquí a la celda. "Del chabolo salgo con la cabeza loca", cuenta Johairo durante la clase. Él es colombiano, tiene 50 y tantos años y camina con una muleta. Dice que lleva 22 meses sin probar el alcohol y alejado de la droga. Buena parte de los reclusos de Ocaña fueron detenidos por ejercer de mulas, es decir por introducir droga en nuestro país. Delitos contra la salud pública, dice el Código Penal. "La mayoría ni siquiera conocen España", explica el subdirector de Seguridad de la prisión. "Los pillan en Barajas, de allí los mandan directos a Soto del Real y luego entran aquí".
Johairo presume de llevarse bien con el 80% de los reclusos y en el salón de actos se parten de la risa. Él se lo toma... con filosofía. Y luego se echa a llorar cuando recuerda a su mujer y a su hijo y cuando imagina su vida en libertad. "¿Qué pasará con mi mujer después de tanto tiempo? ¿Cómo reaccionará mi hijo cuando yo salga y él ya no tenga ocho años? ¿Quién me va a dar trabajo ahí fuera? En el chabolo no paro de darle vueltas a estas cosas pero en estas clases he aprendido a canalizarlo, a entender lo que he hecho mal y lo que puedo hacer mejor. Pensar nos ha hecho más libres, eso seguro".
-¿Sabía usted algo de Filosofía antes de entrar en la cárcel?
-¿Yo? Nada. Es algo nuevo que he descubierto aquí. Porque en la calle, Filosofía poca...
Cuando Delia Manzanero recomienda el libro de Viktor Frankl El hombre en busca de sentido, Johairo anota el título en un gurruño de papel. Cuando la profesora de Filosofía cita a Aristóteles, todos asienten: "Aquel que no puede vivir en sociedad, o no necesita nada por su propia suficiencia, o es una bestia o es un dios".
"Y no veo yo por aquí a ningún dios", bromea ella. Y otra vez se parten de la risa.
"En la vida todos cometemos errores y todos hemos recibido segundas oportunidades, pero el penal está lleno de gente que nunca ha recibido ni siquiera una primera oportunidad", apunta Manzanero. "Hay vidas que están sentenciadas de antemano y condenadas a repetirse. Muchos de ellos ya estaban presos antes de entrar en la cárcel: presos de las drogas, del abuso, del aislamiento, de la falta de recursos... Y estos talleres son una oportunidad que les da la vida a través de la educación. Aquí se sienten vistos y escuchados, a menudo por primera vez, y la Filosofía les da un plan de fuga, una fuga mental".
¿Saldrá algún filósofo de la cárcel de Ocaña I? "No lo sabemos, pero desde luego hay gente que tiene muchos años por delante para estudiar", recuerda Zoraida Estepa, directora del centro penitenciario. "Lo que sí sabemos es que la experiencia de estos años ha sido muy positiva y que el feedback de los internos es bueno. Hablar sobre el dolor, el perdón o la soledad les ayuda a comprenderse mejor, les da consuelo y les sirve para seguir trabajando después en casa".
Su casa, por ahora, sigue siendo el chabolo. Allí uno de los reclusos ha escrito una carta con sus reflexiones tras la clase de hoy.
"Me he sacado un máster en mala gestión de mi vida", dice el texto con una perfecta caligrafía. "Llevo muchos años vagando solo, estoy roto en mil pedazos, tantos que en ocasiones no me reconozco en el espejo".
Son apenas dos folios de una libreta grande con hojas cuadriculadas. Como si la hubiera escrito en el patio de un colegio.
"Aprieto este boli con rabia y estoy a punto de romperlo. Siento miedo. Ignoraba mis miedos porque mi mayor miedo ya lo estoy sintiendo. Estoy solo".
Al final del taller de Filosofía, el preso le entrega la carta a la profesora.
"Creía que la oscuridad no podría conmigo, que ya nunca tendría miedo. Pero tengo más miedo ahora que en toda mi vida. En mi vida no hay princesas ni torres ni príncipes encantadores. Sólo una misión que cumplir: ser feliz".