El Papa ha levantado su voz para hablar de Dios, no de «dioses fuertes». De dignidad humana universal, no de tribalismos de sangre y terruño. De la mano del San Agustín de 'La ciudad de Dios', ha condenado tanto el identitarismo woke de sexo y raza como el nacionalista de las patrias como absolutos.
La moderación -escribe Contreras, apoyando el discurso del Papa León- no es cobardía sino equilibrio, y tiene sólidas raíces en la tradición filosófica occidental: los primeros «ciudadanos del mundo» fueron los estoicos; quien dijo que la virtud está en el justo medio entre dos extremos perniciosos fue Aristóteles; la temperantia o moderación fue siempre considerada una de las principales virtudes por los griegos y por los cristianos. Y el primer «globalista» fue nuestro Francisco de Vitoria, que declaró ilegítima la guerra de conquista en su Relectio de iure belli y afirmó que «el orbe todo es de algún modo una sola república».